Teniendo en cuenta el escrito anterior «Como arcilla (parte 10): y vio que era bueno y lo bendijo» te comparto la historia de Samuelita, una ovejita que hice con arcilla.
Fue un reto porque era la primera vez que aplicaba sola, lo que me enseñaron para trabajar con arcilla, eran tantas las ganas de hacerlo que no hubo temor de error, simplemente un profundo deseo de hacerlo.
Tomé dos imágenes de apoyo, pero como siempre, me dejé llevar un poco por lo que iba sucediendo con la obra mientras iba siendo creada (al igual que sucede con los escritos). Así surgió una obra única y especial porque se hizo sin rígido molde que insinuara exacta copia o repetición sin sentido, pues era una creación.
Crear, lo que sea, es toda una aventura… Estaba completamente moldeada, terminando de secarse y un leve golpe hizo que una de sus orejas se rompiera y su nuca se fisurara y, como solía desgastarme buscando perfección como total ausencia de errores, pensé en desecharla, porque se empezaba a mezclar un peligroso cóctel de rabia, frustración y dolor.
Pero, como todo lo bueno que se aprende, solo es es útil cuando se retoma y se aplica, Samuelita se salvó porque: en una clase en la que tuve que visitar una galería, vi una obra de un importante y famoso pintor, y vi que no era carente de errores, se veían las pinceladas, tenía rayas de colores en lugares que se veía que eran sin intención, las esquinas se veían pintadas por humanas manos… Y claro, la frase de mi maestra artesana: todo hace parte de la obra, todo eso la forma y la hace única…
Y como ya había aprendido esto con cuadros que rompí al pegarlos, y vi que tenía solución, al igual que otras cosas que han hecho únicos cada uno de los más de 15 cuadros que he podido entregar: una vez más el aprendizaje se hacía «apreHENDIZAJE», porque la perfección era imperfección para humanos y críticos ojos de racionalista formación.
Así que con grietas y todo vi que era buena… Aunque se burlaron por las orejas y los ojos tan grandes, yo la veía bien, no le encontraba defecto, y aunque por poco entra la duda y me hace cambiarlos, mi idea seguía firme, así era como la había visto en mi cabeza y así quería hacerla y entregarla. El haber aprendido a quererla, a pesar de sus grietas, me permitió defender eso que la hacía hermosa aunque otros se burlaran.
Además de esos ojos grandes y orejas enormes, surgió su nombre: Samuelita. Es una ovejita enseñable, y para esto, sus orejas y ojos grandes le ayudan, para decirle como alguna vez le dijo Samuel a Dios:
1 Samuel 3:10 (LBLA)
10 Entonces vino el Señor y se detuvo, y llamó como en las otras ocasiones: ¡Samuel, Samuel! Y Samuel respondió: Habla, que tu siervo escucha.
1 Samuel 3:10 (TLA)
10 y poco después, Dios mismo se le acercó y lo llamó como antes:
—¡Samuel, Samuel!
Y él contestó:
—Dime, Dios mío, ¿en qué puedo servirte?
Que nuestros ojos y orejas empiecen a estar más dispuestos para esas ocasiones en las que el Señor, llega, se detiene y vuelva a llamarnos.