Cada proceso que termina el alfarero lo «sella», como poniendo el barniz o la resina. Se ha concentrado tanto en cada etapa del proceso que solo falta poner una capa de barniz para: fijar las formas que ha moldeado; proteger la obra para que no se ensucie y pueda limpiarse más fácilmente cuando sea necesario; para proteger la pintura de posibles rayones que puedan quitarla (como si la vida le aminoraran); para cuidar que aquellos detalles que ha puesto adicionales -ojos, lazos, orejas…- no se caigan, se desprendan (aunque durante el proceso hubieran sufrido alguna fisura) o se pierdan; así fija lo que podría caerse o despegarse, unifica la pieza, para que nada se pierda.
Un ejemplo del poder de esta etapa del proceso: una de las oreja de esta oveja se quebró mientras se secaba (por un suave golpe), incluso antes de que fuera lijada y pulida, parecía tan fuerte e inquebrantable… Pero algo faltaba aún, no todo estaba terminado. Claro que siendo la creadora me entristecí, hasta pensé desecharla, pero recordé como he aprendido en mi entrenamiento como artesana «todo hace parte de la obra, cada detalle la hace única»; y llegó la calma porque recordé que con el barniz podría pegarse la oreja para que nuevamente la obra estuviera completa.
Como en la arcilla, el barniz (o resina) se pone como protección de la pieza y para fijar algunas partes que podrían romperse, caerse y hasta perderse (como los ojos y las orejas), pero también para darle brillo, para darle luz porque deja de estar opaca para resplandecer; y como el creador está tan satisfecho con su creación quiere que brille, pues no la ha hecho con tanto amor para esconderla ni ocultarla.
Génesis 1:31
31 Entonces Dios miró todo lo que había hecho, ¡y vio que era muy bueno!
Y pasó la tarde y llegó la mañana, así se cumplió el sexto día. (NTV)
Este secado es muy rápido, es quizás una de las etapas más rápidas del proceso cuando se trabaja con arcilla… Lo hecho, hecho está.