Como arcilla (parte 7): pintura

Poner color a la obra puede dar temor, pero cuando se hace con amor, como si fuera un regalo para alguien importante, se hace con cuidado, pero se hace. He aprendido que cada pintor tiene su «grafía» con los pinceles, es decir que sus trazos son característicos de quien los hizo, y así mismo como se dejaron las huellas de los dedos en la masa cuando se moldeó, así mismo se deja la firma del que pinta sobre ella.

Colores y vida, como el árbol del que nunca se secan sus hojas, y siempre están verdes (Jeremías 17:8 (RVR1960) Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto), o como el bastón de Aaron que reverdeció (Números 17:8 (RVR1960) Y aconteció que el día siguiente vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de Aarón de la casa de Leví había reverdecido, y echado flores, y arrojado renuevos, y producido almendras.)… Es como dar vida, porque donde hay luz, hay color, hay vida.

Elegir los colores para que tengan armonía y elegir los pinceles para que la pintura llegue a cada espacio de la obra donde queremos ponerlos, o incluso el mismo color de la arcilla es precioso en sí mismo, es natural, es puro, es como es.

Copio textualmente un párrafo de un buen libro, donde explican la presencia del color de manera exquisita y casi tangible:

«Si observas con más detalle, estas delicadas avecillas resplandecen como esmeraldas, pechos verdes y brillantes no más grandes que tu pulgar, pero que fulguran como las joyas de una corona. Otras tienen cuellos de rojo profundo y brillante que resplandecen como rubíes en el sol. Son como arco iris vivientes, revoloteando en nuestro patio… Despreocupadas, preciosos recordatorios de Dios.»

Cautivante. Revelando el misterio del alma de una mujer. Jhon & Stasi Eldredge. (Página 98)

Deja un comentario