Desde joven descubrí, que cuando tomaba un lápiz mis manos podían usar las palabras de diferente manera a cómo mi voz lo hacía. Usé este descubrimiento en público para elogiar a mis familiares, hacer cuentos en clase o para algunos trabajos cuando los profesores entendían mi forma de escribir. Hasta para mis amigos fue útil en su cartas de amor.
Todo esto era lo que otros podían leer, porque el lápiz, el papel y el borrador eran los únicos lectores de mis sentimientos.
Salmos 9:13-14
Ten misericordia de mí, Jehová; mira mi aflicción que padezco a causa de los que me aborrecen, Tú que me levantas de las puertas de la muerte, para que cuente yo todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sion, y me goce en tu salvación. (RVR 1960)
¿Por qué recordar todo esto y contarlo?, porque hoy me sorprendió el salmo anterior, porque trajo a mi memoria que la escritura empezó en mí, siendo una confidente con algo que llamé «ganas de morir». Tenía 12 años, muchas veces escuché es normal por la edad, pero mentira es porque he conocido gente que nunca lo pensó. La gran mayoría de mis letras daban forma a lo que a nadie contaba, hermosa estructura, exquisito juego de palabras pero no era bonito de lo que hablaban.
Hoy me sorprende ver que mis letras son usadas para dar vida, para animar y para contar las cosas buenas, incluso las que a nadie muestro, las que escribo por necesidad de hacerlo. Por esto agradezco al que usa todo para el bien de quienes lo aman, porque levantó de las puertas de la muerte el don que me dio para escribir. Digo que un don es pues nunca un curso he tomado ni nadie me ha enseñado.
No necesariamente tenemos que haber muerto, posiblemente muchas cosas han muerto o pueden estar muriendo en nuestro interior, pero si le permitimos actuar, él podrá dar vida a eso que estamos perdiendo.
Solo por él puedo ahora decir, y le clamo a él para que tú puedas decir.
Salmos 9:1
Te alabaré, Señor, con todo mi corazón;
contaré de las cosas maravillosas que has hecho. (RVR 1960)