Siempre había buscado un entrenador, de esos que veía de niña en las películas, donde un niño debilucho y delgado, era la burla de un grupo de jóvenes obstinados y fuertes; o la chica ignorada que aunque era inteligente y noble, no encajaba porque simplemente no cedía a las costumbres generales. Pero al final, eran transformados porque aparecía «el entrenador ideal».
Veía como esos maestros les exigían con un enfoque claro, con tareas que parecían tontas pero tenían un sentido al final de la película. Habían practicado tanto el movimiento que se habían hecho «expertos» y en ellos se veían naturales, se habían esforzado tanto con tal disciplina, que parecían tener un carácter musculoso y sobrenutrido antes que llegara el victorioso final.
Esos maestros sabían qué decir en el momento oportuno, y todo parecía solucionarse cuando el aprendiz aplicaba con esfuerzo lo escuchado, había persistencia, tenacidad, y victoria. Nunca estaban solos, siempre sus maestros estaban a su lado, así lo veía con personas, caballos, perros, hombres, mujeres, niños, grandes, ancianos, de todo; pero siempre parecía que lo podían lograr porque un «maestro», «sensei», entrendor», estaba a su lado hablando claro, creyendo en ellos y sabiendo a dónde podrían llegar sus estudiantes.
Campeonatos de patinaje artístico, hockey, baloncesto, natación, karate, otras artes marciales, gimnasia, beisbol, salto de lazo, etc.; carreras de caballos, competencias de escritura, discurso, ortografía, cocina, etc.; siempre encontraban alguien que les ayudara o alguien que simplemente aparecía y en ellos algo diferente encontraba y formaba.
Hace poco entendí que por eso siempre busqué un «maestro», un «entrenador», que me exigiera y me llevará a cumplir grandes logros, a atravesar metas casi imposibles, porque simplemente supiera que soy buena, que creyera en mí, que no me dejará abandonar ni tampoco me abandonara antes del final.
En el camino encontré bastantes, luego de analizarlos con altísimos criterios los consideraba adecuados y buscaba su guía, pero lamentablemente ninguno empezó y terminó el entrenamiento, quizás porque no sabían que los había elegido como mi entrenador o porque en algún momento me parecían débiles, no me exigían y por esto prefería alejarme.
Creo que gracias a Dios nunca encontré «el entrenador ideal», porque solo así pude acudir a Dios, al que me creó (salmo 139:13) y pedirle día a día que me permita y me ayude a ser la mejor Paula Cristina que puedo ser , porque él sí me conoce (salmo 139:1-4), quiere lo mejor para mí, me ama (Juan 3:16), no me ha abandonado ni me abandonará (Isaías 49: 15) y sobre todo, cree en mí, sabe para dónde llevarme (Jeremías 29:11) y terminará lo que en mí ha empezado (Filipenses 1:6).
El entrenador ideal que nos lleve al máximo, yo no lo encontré, muchos sí, pero son solo momentáneos, Jesús es el único entrenador con enseñanzas que nos guiarán durante la eternidad.
Bendigo y agradezco a todos los líderes, maestros y entrenadores que he tenido, gracias porque creyeron en mí y me ayudaron a avanzar. Dios bendiga sus vidas y les dé de su sabiduría.