Hay otra linda comparación que comprendía esta mañana: una semilla parece frágil, pequeña, tanto que el viento puede llevársela antes de ser plantada y su sembrador ni se daría cuenta que ya no está. Pero una vez puesta en su lugar, lucha y lucha mientras crece, en medio de cada grano de tierra, junto a las lombrices, los insectos y las piedritas, toma los nutrientes con los que cuenta, bebe el agua que la rodea y logra abrirse espacio hasta que es visible para el que la siembra o incluso para el que camina junto a ella sin haber sabido de su inicial existencia.
El sembrador puede que la haya alimentado, tenía fe en ella, creía en que de ella saldría lo que él esperaba, y así es Papito Dios, él es nuestro sembrador, con total intención nos cuidó y nos puso en la tierra, no permitió que el viento nos llevará, él era tan cuidadoso desde ese momento porque nos amaba desde que eramos una simple semilla, quería vernos crecer, cuidarnos, alimentarnos, darnos de beber, pero crecer no solo depende de él, porque como la planta, debemos luchar, luchar y luchar, tomar los nutrientes, beber el agua y andar (que curioso, palabra que se parece a mi anterior escrito Crecer implica nada-r).
La semilla es siempre plantada en medio de la tierra, no sobre ella ni a un lado, sino entre la tierra. No todo lo que la rodea es bueno, puede haber parásitos, fuentes de enfermedad, agua picha, semillas de cimiente estropeada, abono que no alimenta y es por eso que la semilla debe tomar parte también de su crecimiento, porque su sembrador no puede comer por ella aunque le provea alimento, la futura planta debe aprender a diferenciar lo que nutre y lo que la enferma, debe aprender en qué cantidad y cuándo comer. Él no puede beber por ella aunque quisiera, ella necesita aprender a buscar agua y a tomar la cantidad apropiada, porque aunque él desea que no le falte nada, a veces la planta debe estirar una de sus raíces tanto que atraviese la tierra que la rodea para encontrar la gota que no ha llegado a su lado pero sobre ella el sembrador había rociado.
Mi fiel sembrador, mi Dios, gracias por amarme desde mi inicial existencia, gracias por cuidarme tanto que a veces tan solo quieres verme crecer para que yo pueda ser más fuerte, incluso aguantándote las ganas de beber y comer por mí, gracias por confiar en que yo podría ser parte también de mi crecimiento, para ser lo que tú deseaste que fuera, y gracias porque ahora entiendo que el silencio del sembrador es para que la semilla crezca.
Tú creaste mis entrañas;
me formaste en el vientre de mi madre.
¡Te alabo porque soy una creación admirable!
¡Tus obras son maravillosas,
y esto lo sé muy bien!
Mis huesos no te fueron desconocidos
cuando en lo más recóndito era yo formado,
cuando en lo más profundo de la tierra
era yo entretejido.
Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación:
todo estaba ya escrito en tu libro;
todos mis días se estaban diseñando,
aunque no existía uno solo de ellos.(NVI Salmo 139: 13-6)