A ti mi nonita, una piedra que ha construido mi fe

Silenciosa en grandes tumultos, pero observadora, curiosa y siempre atenta al servicio. En cada momento dispuesta a darse, a compartir lo poco o mucho que fuese de ella, a ser vida para otro, con cada alimento que se quita de su boca para darlo a su familia, vecinos, amigos y ahora a sus médicos y enfermeras, y a quienes limpiaban su habitación… Hermosa que grandes enseñanzas con tan pequeños detalles, casi nunca nada de ella y todo de todos.

Un angelito en constante intercesión por su familia, siempre orando por nosotros, fiel a la Eucaristía y fiel imagen de la misericordia de Papito Dios.

Sencilla y tan humilde que es humus donde la semilla del sembrador más sabio del mundo ha caído y con la cual se ha hecho rico porque ha brotado una de sus más fieles hijas una Rosa de su jardín, que se alimenta con la palabra y da fruto de ella y así nos permite oler el aroma de la fe y de la vida que da vida aun en su enfermedad, enfermedad que parece ausente por la fortaleza de quien seguro está de la bondad de Papito Dios, su virgencita y su gordito (el niño Dios)… ¿Por qué no nos dimos cuenta de su enfermedad?, porque ella ha vivido con vida, siendo lámpara a nuestros pies, una caricia de amor, alimento sin límites, monumento del incansable servicio y un guardián de Papito Dios que siempre vela por nosotros.

Le ha gustado recoger piedras hermosas del camino, guardarlas y acariciarlas y así mismo ella es una piedra que resalta en el camino y que apareció en el nuestro para enseñarnos a construir nuestra fe, sobre la roca de la oración, el servicio y la verdadera fe.

Nonita, gracias por ser como un santo que nos exige amar diferente, porque a veces no te entendemos, eres terca y necia en ocasiones, pero con tu servicio inmensurable derribas nuestros regaños y nos susurras amor de inagotable fuente.

Papito Dios te sigue cuidando como una de sus hijas más queridas y por eso serás sana.

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