Gratitud

Una pequeña semilla un día cayó sobre un suelo desconocido, muy extraño, misterioso, raro y casi inimaginable para muchas otras.

El suelo era tan suave, acogedor, cálido y agradable que no podía creer que hubiese algo tan maravilloso; pero bueno para qué luchar por evitarlo?, así que decidió quedarse y dejar a sus raíces salir para arraigarse a este bello lugar.

Llegaron más semillas, se podría decir que la familia empezó a crecer, más vecinas grandes y robustas y otras delgadas y delicadas aterrizaron allí también… Vaya, ahora además de un mágico lugar tenía compañía, que gran bendición.

Empezó a crecer y los jardineros del lugar la empezaron a cuidar con esmero y un especial abono, dulce, inmensurable y con apariencia de eternidad. ¿Qué sería?, no lo sabía pero le gustaba mucho alimentarse con esto. Y como si no fuera poco recibía como agua un apaciguante y fortalecedor rocío de palabras y caricias justas y asertivas, porque llegaban en momentos inesperados, no importaba si el día era gris, amarillo, violeta, azul, blanco… El rocío no faltaba, pues sus cuidadores sabía que era necesario para jugar con el abono a través de sus raíces, hojas, flores y frutos, pues solo así crecería fuerte y sabría que es un fruto de amor.

Este lugar es la familia a la que cada uno llegamos, yo tengo la bendición de haber caído en un suelo en el que el mágico abono ha sido el amor (algo único, eterno, dulce e inmensurable) y el rocío con el que me han acompañado en el arcoiris de días (alegres, tristes, silenciosos, eufóricos, triunfantes, agotadores…) han sido sus palabras, abrazos, sonrisas, regaños, consejos y compañía.

Inmensa gratitud para mi acogedor, cálido y agradable suelo… Es hora de hacer que los frutos sean fiel reflejo de las bendiciones que sin saber porqué he recibido. Gracias familia.

Deja un comentario