A mi princesa zapatina…
Suave como la arena y eterna como la verdad… Más de una vez he leído una reflexión muy bonita que se llama «huellas en la arena»(1) y hoy con los sentimientos como razón de mis pensamientos porque son mi elocuente vestidura, he encontrado otro sentido a este escrito y lo contaré con un pequeño cuento:
Esa flor creció entre algunas pequeñas, parecía que la primavera se hubiera apoderado del tiempo, porque muchos nuevos brotes salían de sus vecinas plantas. Siempre le parecían más frágiles e inocentes, por eso ella empezó a liderar sus juegos aun antes de hacer sus cosas, su juego era hacer juegos para las pequeñas nuevas criaturas… Y así creció, siendo la mayor entre sus semejantes que incluso en ocasiones ocupaban más volumen hacia arriba o a los lados que ella. Pero parece que tanto se entregó que se secó y con los pequeños brotes perdió esa conexión, pues ya no sabía hablarles, el silencio parecía el nuevo juego que tenía como premio la ausencia que terminaba en huida, temía estar sola con ellos porque era torpe para jugar… En fin parecía que todo se hubiera quedado en un recuerdo de otra vida.
Un día, fue trasplantada, estaba en una nueva matera porque era más grande y debía ocupar un nuevo lugar, uno que no limitará el crecimiento de sus raíces; parecía que todo sería bueno pero, el cambio trajo soledad y con éste un desierto con silencio y ausencia de compañía, tanto que el abrazo de un cactus podría haber sido un consuelo como lo es una cura para una herida.
Pero de repente un día todo cambio, porque llegó la flor de una nueva semilla sembrada con amor e ilusión. Era la flor más tierna, picara y amable (se hacía amar) que hubiera conocido, los pretextos que la envejecieron y la hicieron torpe para hacerse la niña desaparecieron, la creatividad de los juegos volvió y hasta las desafinadas notas eran nanas que arrullaban solo por la buena intención con la que eran cantadas. Fue una florecita que con su inquietante mirada pero agradecida cuando se siente amada, escarbó tan pero tan profundo, que removió las hojas secas con suaves sonrisas y dulces palabras que fueron, agua de manantial que permitió a la flor, esa torpe que se secó, que tan solo por un instante volviese a vivir esos momentos de magia que dan vida.
Ella buscaba respuestas para su sorprendente y nuevo actuar y descubrió, que todo sucedió porque un ángel junto a ella caminó y en su vida dejó suaves huellas como la arena y eternas como la verdad…
(1) Léelo si no los has hecho nunca, aunque no creas en Dios, cambia su presencia en la historia por alguien importante en tu vida, que en ti haya dejado suaves huellas como la arena pero eternas como la verdad.
